jueves, 30 de septiembre de 2021

FILOSOFÍA-TEMA 1: INTRODUCCIÓN

 1.APROXIMACIÓN A LA FILOSOFÍA A PARTIR DE SU ETIMOLOGÍA

2.LA ACTITUD FILOSÓFICA

3. CIENCIA Y FILOSOFÍA

4.FILOSOFÍA COMO DISCIPLINA

1. APROXIMACIÓN A LA FILOSOFÍA A PARTIR DE SU ETIMOLOGÍA.

La palabra filosofía es un compuesto de dos palabras de origen griego filo (amigo de, amante de) y sofía (sabiduría). El filósofo en este planteamiento está en un término medio entre la ignorancia y la sabiduría. El filósofo no es ignorante. El ignorante no busca solucionar su ignorancia porque cree ser a menudo sabio o bien porque no es consciente de problema alguno. El filósofo no es tampoco sabio. El sabio ha llegado al conocimiento pleno y a la solución de todo problema. El sabio tampoco busca conocimiento ni soluciones puesto que ya los posee. El filósofo es consciente de su falta de sabiduría y de los problemas presentes en su vida que reclaman solución. Es por ello que el filósofo no es quien posee conocimiento sino quien lo busca por no tenerlo. La ignorancia en el sentido de falta de problemas filosóficos que reclaman solución es lo propio de la vida animal. La sabiduría en el sentido de poseer conocimiento y solución a todo problema es propio de la divinidad. Es la filosofía la actitud más genuinamente humana. En este sentido todos somos filósofos en mayor o menor grado. Y del filósofo se podría decir lo que Platón dice de Eros en El Banquete"Eros, el Amor, se encuentra en el término medio entre la sabiduría y la ignorancia. Pues he aquí lo que sucede: ninguno de los dioses filosofa ni desea hacerse sabio porque ya lo es, ni filosofa todo aquel que sea sabio. Pero, a su vez, los ignorantes ni filosofan ni desean hacerse sabios, pues en esto estriba el mal de la ignorancia: en no ser noble, ni bueno, ni sabio, ni tener la ilusión de serlo en grado suficiente".


2.LA ACTITUD FILOSÓFICA.

Hemos comprobado que definir el término filosofía de forma satisfactoria es una tarea difícil. No obstante, existe otro modo de acercarnos a lo que la filosofía es. Ante la imposibilidad de conocer o definir existe la posibilidad de reconocer.

Ante la propia vida existen dos actitudes que son posibles adoptar. Por un lado la actitud conformista, crédula y tranquilizadora o bien todo lo contrario, la actitud inconformista, inquieta y de sospecha. La primera la denominaremos actitud religiosa, aunque no hace falta ser religioso para adoptarla. A la segunda actitud filosófica propiamente dicha y no sólo los filósofos la adoptan. Con un mínimo de atención todos podemos reconocer dicha actitud cuando se da en nosotros mismos o en los demás.

Cuando nos instalamos en la actitud religiosa el mundo nos parece que es como debe ser, la realidad dada por la tradición, la opinión general o la autoridad es asumida como correcta. Los problemas cuando aparecen son seguidos mecánicamente por sus soluciones. Desde la actitud vital filosófica todo es sospechosos. Todo esconde un posible problema. La actitud filosófica es aquella que insiste en problematizar la realidad dada en todos sus niveles. El filósofo es quien busca los tres pies al gato, quien busca problemas donde aparentemente y sólo aparentemente no los hay. Quien no se conforma con las soluciones que vienen dadas por la opinión generalizada, la tradición o la autoridad e indaga por su propia cuenta. Es en definitiva la actitud crítica ante la realidad. El filósofo pone el énfasis en el problema porque es el primer paso para la solución. La actitud religiosa se instala en la solución y evita así el problema.


Imaginemos que el científico que puso en marcha el experimento de los monos y el plátano ha desactivado ya el mecanismo por el cual el agua fría cae sobre ellos. Después de todo ha pasado ya mucho tiempo y las cosas suelen cambiar insensiblemente, sin darnos cuenta. Así ocurre con las primeras razones que pusieron en marcha muchas de nuestras ancestrales tradiciones y costumbres. Muy probablemente entre los monos habrá alguno un poco más listillo, pero que sin embargo admita que no se deben coger los plátanos. Bueno, los muy listos también pueden equivocarse en algunas cosas, ¿no? Si consultamos a los monos, la mayoría podría estar de acuerdo en mantener la norma, pero la mayoría también se puede equivocar.


¿Por qué no debo coger el plátano? Porque el mono más listo del grupo así lo dictamina, porque la mayoría así lo piensa y porque los otros monos me pegarán. ¿Y por qué me pegarán? Porque siempre ha sido así. ¿Y tú, por qué me pegarás cuando intente coger el plátano? No sé, eso es lo que hacen todos, ¿no?


Si el mono sigue preguntando seguro que tendrá problemas. En fin, ya sabemos que la actitud crítica no siempre es la más cómoda.


3.CIENCIA Y FILOSOFÍA.

Todos estamos persuadidos de que la ciencia es algo diferente a la filosofía. Ciertamente la ciencia es un conocimiento que suele producir técnica y esta técnica suele mostrar una cierta utilidad aplicada a la vida diaria. La filosofía constituye un conocimiento que no suele reflejarse en una técnica. Galileo o Newton son científicos desde esta perspectiva y Platón o Kant son claramente filósofos. Hasta aquí es probable que todos estemos de acuerdo. Se suele, sin embargo, resaltar otras diferencias entre ciencia y filosofía que son más discutibles.

Partiendo de las diferencias reales que hay entre ciencia y filosofía solemos aumentarlas y radicalizarlas sin justificación. Es cierto que la ciencia y la filosofía son cosas distintas, pero no es cierto que sean cosas radicalmente distintas y hasta opuestas. No es cierto que la ciencia sea un conocimiento positivo que encierre en sí la garantía de su verdad y la filosofía sea un conocimiento negativo, más propenso a la divagación y el error. No es cierto que la ciencia se base siempre en la experiencia y la filosofía siempre en la imaginación. No es cierto que la motivación del científico sea radicalmente distinta a la del filósofo en cuanto que el primero busca siempre utilidad técnica y no el segundo. Tanto el científico como el filósofo muestran una actitud crítica que pretende conocimiento verdadero.

Las diferencias entre ciencia y filosofía son relativamente modernas. En la Antigüedad, filosofía era sinónimo de conocimiento que pretendía verdad en relación al alma, Dios e incluso la naturaleza (conocimiento de la fisis que hoy llamamos ciencia física). Asimismo Galileo o Newton, que nos parecen hoy científicos y no filósofos no tenían ellos tan clara esta asignación. Ambos se definirían a sí mismos como filósofos de la naturaleza y no como científicos.

Podemos considerar sin embargo que existen cuatro grandes diferencias entre Ciencia y Filosofía: La ciencia utiliza un método concreto de conocimiento: el método hipotético deductivo, y la filosofía no. La ciencia expresa su discurso en forma matemática, y la filosofía no. La ciencia posibilita la manipulación de la naturaleza, posibilita técnica, y la filosofía no. La ciencia parcela la realidad para intensificar en su estudio y la filosofía tiene un afán de totalidad, de explicación sistemática de la totalidad de la realidad.


4.LA FILOSOFÍA COMO DISCIPLINA

Una forma de acercarse a la filosofía es considerarla como una disciplina de la que surgen diversas ramas o saberes. Al igual que la física es susceptible de división en magnetismo, cinemática, etc., la filosofía constituiría un saber compuesto por otros menores. Kant resumió estos en cuatro preguntas fundamentales: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer? y ¿qué me cabe esperar? Finalmente dijo que todas ellas se podían resumir en una: ¿qué es el hombre?

a)El problema del conocimiento-¿qué puedo conocer? El conocimiento humano nos remite a dos tipos de problemas: el problema de la realidad y el problema de cómo se accede a ella. Se trata de contestar a dos cuestiones: ¿qué existe? y ¿cómo lo conozco?

La disciplina filosófica que se ocupa de la primera pregunta se denomina ontología (etimológicamente tratado del ser). Muchos filósofos afirman que existe algo fuera de nosotros. Cuando dormimos o morimos el mundo no deja de ser. Decimos entonces que el mundo es real. Cuando consideramos que existe algo independiente de nuestras representaciones somos realistas.

Otros filósofos consideran que la existencia de algo externo e independiente del sujeto que conoce es, cuanto menos, indemostrable. Siempre que veo la mesa, la veo conmigo. ¿Cómo puedo saber que está ahí, tal como yo la veo, cuando no estoy yo? También quien juega en un programa de realidad virtual cree que las cosas que ve y toca son reales, pero está equivocado por su exceso de ingenuidad, derivan de su propio pensamiento. Tras la mesa que ve el jugador virtual no hay una mesa real. Lo único evidente es la existencia del yo y sus representaciones o ideas. A esta postura ontológica se la denomina idealismo.

Las disciplinas filosóficas que se ocupan de la segunda pregunta son varias: gnoseología, epistemología, metodología y teoría del conocimiento. Existen dos grandes soluciones que los filósofos han dado a lo largo de la historia al problema de los modos o caminos para acceder al conocimiento: racionalismo y empirismo.

El racionalista considera que la razón es el instrumento fundamental, y en un caso extremo único, para conocer la realidad. La razón-mente posee cierto conocimiento innato que sirven de base y fundamento a las especulaciones posteriores. Un racionalista puro opina que podría conocer el mundo, si su razón funciona bien, sin necesidad de salir a la calle.

El empirista afirma que la mente es un mero papel blanco, como un negativo fotográfico que necesita ser impresionado por la experiencia. Sin experiencia no hay conocimiento. El mundo externo escribe en nuestra mente una replica fiel de sí mismo a través de los sentidos.

Como un procedimiento racional de búsqueda del conocimiento aparece la lógica. Una disciplina formal que intenta indagar en las leyes de todo razonamiento correcto.

b)El problema de la acción-¿qué debo hacer? Nuestra conducta influye inevitablemente en los otros y en nosotros mismos. ¿Qué tipo de acciones son correctas, deseables, buenas y cuales malas?, ¿qué es lo bueno?, ¿cómo lo podemos conseguir? La disciplina filosófica que se ocupa de contestar a estas preguntas es la ética. A menudo la ética nos aclara qué es lo bueno, lo que nos hace felices o perfectos y nos da fórmulas o normas para conseguirlo. Dado que el hombre no es un individuo aislado sino que vive siempre con otros conformando sociedad, las preguntas anteriores tienen una continuidad en la teoría política. ¿Qué forma de Estado o de Gobierno es el más adecuado para que los individuos sean más buenos y perfectos? ¿Qué forma de Estado o de Gobieno es la más justa?

c)El problema religioso-¿qué me cabe esperar? El problema religioso nos lleva inevitablemente a Dios y el sentido de la vida.

La teodicea intenta demostrar la existencia de Dios sin indagar en las características del ser divino, aunque la teodicea, originariamente, trataría de resolver el problema teológico que intenta reconciliar a Dios con el mal o la injusticia evidente del mundo (etimológicamente teodicea es teo-dios y dike-justicia).

La teología parte de la existencia de Dios asumida por fe o por razonamiento e intenta indagar en las características del ser divino: ¿cómo es Dios? El teólogo que indaga sobre la bondad divina está haciendo teología, pero también teodicea en el sentido originario del término.


d)El problema del hombre-¿qué es el hombre? La disciplina que tradicionalmente se ha ocupado del estudio del hombre es la psicología. En la Antigüedad la especulación psicológica se desarrollaba en torno al alma, que era considerado el factor diferencial de la realidad humana. En la actualidad ciertos psicólogos estudian al hombre a través de su conducta o su complejidad nerviosa. Estudiar la mente, la conducta o el cerebro son tres formas de acercamiento a la realidad humana. La psicología se puede entender pues como una forma de antropología.

El antropólogo propiamente dicho suele estudiar al hombre a través de la historia, restos fósiles de nuestros antepasados y ciertas culturas primitivas. Las tres vías le sirven para dilucidar los orígenes y peculiaridades de la especie humana.

miércoles, 20 de enero de 2021

ÉTICA. TEMA 4: PLATÓN, LA FELICIDAD Y EL ELEQUILIBRIO INTERIOR

 

Platón especula a partir de sus propias experiencias internas en torno al alma, similares a las de cada uno de nosotros. Veamos cual es la naturaleza de esta especulación introspectiva. A veces nuestro interior, nuestra mente o alma, muestra algunas tensiones o contradicciones. Pasamos por una pastelería y queremos y no queremos comernos un pastel. Vemos fumar a un amigo y deseamos y no deseamos fumar. Fumar es malo, pero aporta placer. Se produce una especie de lucha interna. De este conflicto Platón deduce una cosa: el alma no es unitaria. Para que exista conflicto deben existir al menos dos partes en liza. Profundizando en esta experiencia, ¿qué podemos concluir?

Yo sé que fumar me perjudica, tengo los conocimientos básicos para saber que el tabaco es malo para mi salud, es por ello que siempre que me dispongo a fumar me lo pienso dos veces. No obstante, tengo una inclinación, un deseo muy poderoso de fumar en determinados momentos. A veces, si mi voluntad es lo suficientemente fuerte, se pone al servicio de mi razón y no fumo, venzo y someto de esta manera a mi deseo de fumar. Otras veces, si mi voluntad es débil, el deseo vence y se impone a las consideraciones racionales, a mi propósito de no fumar.

Si mi razón alcanza un conocimiento aceptable sobre los males del tabaco y fuese muy reflexiva a la hora de fumar; si mi voluntad fuese siempre fuerte y esta fortaleza fuese utilizada por mi razón para hacer cumplir sus propósitos venciendo siempre mis inclinaciones o deseos insanos, entonces resultaría un cierto equilibrio interior que me haría la vida más llevadera, me haría un poco más feliz. Esto es lo que venía a decir Platón con otras palabras.

Para Platón el hombre está constituido por dos partes: cuerpo y alma. El alma a su vez se divide en tres partes funcionales (no materiales). Una parte racional, otra irascible (voluntad) y otra concupiscible (instinto). Cada parte del alma tiene varias funciones propias. La parte racional tiene la función propia de la sabiduría, la prudencia y el gobierno de las otras dos partes. La parte irascible tiene la función propia de la fuerza y la sumisión a la parte racional y la parte concupiscible tiene la función propia de la templanza o moderación en la expresión de sus deseos y la sumisión a la parte racional.

Cuando cada parte del alma cumple sus funciones propias alcanza así su virtud. Cuando las tres partes cumplen su función propia se produce, entonces, la virtud más importante: la justicia, una especie de armonía interior.

Gobierno sabio y prudente de la parte racional; fortaleza y sumisión de la parte irascible y templanza y sumisión de la parte concupiscible constituyen las tres virtudes esenciales del alma. Cuando se dan a la vez se produce, como dijimos, la justicia o armonía entre ellas. Y cuando la justicia se mantiene durante un largo periodo de tiempo se produce la felicidad, es decir, estamos un poco más contentos y con mejor predisposición de ánimo que si no se produce este equilibrio interior.

La teoría de las tres partes del alma la expone Platón en el mito del carro alado. Compara el alma con un carro alado regido por un cochero o auriga y llevado por dos caballos: uno bueno, dócil, y otro malo y rebelde. Para que el carro avance (alcance la justicia), es necesario que el cochero (parte racional) pueda dominar a los dos caballos distintos y con distintas tendencias. Uno es bueno, fuerte, bello y dócil (parte irascible) y el otro es malo, horrible y rebelde (parte concupiscible.) Si esta situación se mantiene, finalmente el coche alado emprende el vuelo (alcanza la felicidad).




Preguntas:

Platón, la felicidad y el equilibrio interior.

1/ ¿En cuantas partes divide el alma Platón? Cítalas.

2/ ¿Cuáles son las funciones propias del alma racional?

3/ ¿Cuáles son las funciones propias del alma irascible o voluntad?

4/ ¿Qué quiere decir Platón en “El mito del carro alado” cuando señala que el carro se mueve si cada parte hace lo que debe?

5/ ¿Qué quiere decir Platón en “El mito del carro alado” cuando dice que el carro vuela?

6/ ¿Qué simboliza “el caballo bueno”?

7/¿Qué simboliza el “caballo rebelde”?


TEMA 3. ÉTICA Y PRUDENCIA

 



1. SER LIBRES SIN PENSAR DEMASIADO.

La libertad es una condición ineludible, y gracias a ella podemos mejorar o empeorar nuestras vidas. La libertad nos da la posibilidad de hacernos la vida que queremos, aunque dentro de unos límites. Así pues, de nosotros depende, hasta cierto punto, que tengamos una buena o mala vida.

Lo animales no tienen esta posibilidad al carecer de libertad. Su vida está ya hecha de antemano, para bien o para mal. Nuestra vida es, sin embargo, un quehacer.

Pero ¿cómo puedo usar bien de mi libertad para hacerme una buena vida?

Podría tal vez ser libre sin reflexionar sobre mis acciones. Esto es, actuar a tontas y a locas, como se suele decir; no complicarme la vida en exceso. ¿Sería esto un buen uso de la libertad? ¿Conseguiría así ser un poco más feliz?


TEXTO : “Actuar a tontas y a locas

Por lo general, uno no se pasa la vida dando vueltas a lo que nos conviene o no hacer.(...). Si vamos a ser sinceros, tendremos que reconocer que la mayoría de nuestros actos los hacemos casi automáticamente, sin darle demasiadas vueltas al asunto. Recuerda conmigo, por favor, lo que has hecho esta mañana. A una hora indecentemente temprana ha sonado el despertador y tú, en vez de estrellarlo contra la pared como te apetecía, has apagado la alarma. Te has quedado un ratito entre las sábanas, intentando aprovechar los últimos y preciosos minutos de comodidad horizontal. Después has pensado que se te estaba haciendo demasiado tarde y el autobús para el insti espera, de modo que te has levantado con santa resignación. Ya sé que no te gusta demasiado lavarte los dientes pero como tus padres insisten tanto para que lo hagas has acudido entre bostezos a la cita con el cepillo y la pasta. Te has duchado casi sin darte cuenta de lo que hacías, porque es algo que ya pertenece a la rutina de todas las mañanas. Luego te has bebido el café con leche y te has tomado la habitual tostada con mantequilla. Después, a la dura calle. Mientras ibas hacia la parada del autobús repasando mentalmente los problemas de matemáticas (¿no tenías hoy control?) has ido dando patadas distraídas a una lata vacía de coca-cola. Más tarde el autobús, el instituto, etc.

Francamente, no creo que cada uno de esos actos los hayas realizado tras angustiosas meditaciones: “¿Me levanto o no me levanto? ¿Me ducho o no me ducho? ¡Desayunar o no desayunar, ésa es la cuestión!” (...) Has actuado de manera casi instintiva, sin plantearte muchos problemas. En el fondo resulta lo más cómodo y lo más eficaz, ¿no? A veces darle demasiadas vueltas a lo que uno va hacer nos paraliza. Es como cuando echas a andar: si te pones a mirarte los pies y a decir “ahora, el derecho; luego, el izquierdo, etc.”, lo más seguro es que pegues un tropezón o que acabes parándote.

(Savater, F., Ética para Amador, ed. Ariel, pp. 40, 41, 42, 43, 44.)

Lo que me mueve a realizar algo se llama motivo. En el ejemplo anterior se distinguen tres tipos de motivos: ordenes, costumbres y caprichos. Actuar a tontas y a locas supone entonces actuar por estos tres motivos. La mayoría de las veces actuamos así y parece que no nos va del todo mal. Parece que ya tenemos la fórmula mágica para usar bien la libertad. Mi acción no debe ser excesivamente reflexiva, no debo pensar demasiado. Haré siempre lo que se me ordene. Siempre que no contradiga una orden ya asumida haré lo que esté acostumbrado a hacer. Y si en alguna circunstancia no hay ninguna orden que seguir o ninguna costumbre que me oriente haré, sencillamente, lo que me dé la gana. Puede que así alcance la buena vida. Y sin embargo... hay situaciones excepcionales en que esta fórmula no nos sirve. Y a lo largo de la vida todos pasamos por estas situaciones excepcionales. Veamos algunas de ellas.


1.1 OBEDECER ÓRDENES.


TEXTO : “Órdenes”

El comandante nazi del campo de concentración al que acusan de una matanza de judíos intenta excusarse diciendo que “cumplió órdenes”, pero a mí, sin embargo, no me convence esa justificación.

Esto lo hago porque me lo mandan, pero... ¿por qué obedezco lo que me mandan?, ¿por miedo al castigo?, ¿por esperanza de un premio?, ¿no estoy entonces como esclavizado por quien me manda? Si obedezco porque quien da las órdenes sabe más que yo, ¿no sería aconsejable que procurara informarme lo suficiente para decidir por mí mismo? ¿Y si me mandan cosas que no me parecen convenientes, como cuando le ordenaron al comandante nazi eliminar a los judíos del campo de concentración? ¿Acaso no puede ser algo”malo”-es decir, no conveniente para mí-por mucho que me lo manden, o “bueno” y conveniente aunque nadie me lo ordene?

(Savater, F., Ética para Amador, ed. Ariel, pp. 54-56.)



1.2 HACER SIEMPRE LO QUE MARQUE LA COSTUMBRE.


TEXTO : “Costumbres”

En ciertos países es costumbre no alquilar un piso a negros por su color de piel o a homosexuales por su preferencias amorosas, pero por mucho que sea habitual tal discriminación sigue sin parecerme aceptable.

Si no pienso lo que hago más que una vez, quizá me baste la respuesta de que actúo así “porque es costumbre”. Pero ¿por qué diablos tengo que hacer siempre lo que suele hacerse (o lo que suelo hacer)? ¡Ni que fuera esclavo de quienes me rodean, por muy amigos míos que sean, o de lo que hice ayer, antesdeayer y el mes pasado! Si vivo rodeado de gente que tiene la costumbre de discriminar a los negros y a mí eso no me parece ni medio bien, ¿por qué tengo que imitarles? Si he cogido la costumbre de pedir dinero prestado y no devolverlo nunca, pero cada vez me da más vergüenza hacerlo, ¿por qué no voy a poder cambiar de conducta y empezar desde ahora mismo a ser más legal? ¿Es que acaso una costumbre no puede ser poco conveniente para mí, por muy acostumbrada que sea?

(Savater, F., Ética para Amador, ed. Ariel, pp. 54-56.)


1.3 ACTUAR SIEMPRE POR CAPRICHO.


TEXTO : “Capricho”

El capricho de irse a pasar unos días en la playa es muy comprensible, pero si uno tiene a un bebé a su cargo y lo deja sin cuidado durante un fin de semana, semejante capricho ya no resulta simpático sino criminal. ¿No opinas lo mismo que yo en estos casos?

Muchas veces tengo ganas de hacer cosas que enseguida se vuelven contra mí, de las que me arrepiento luego. En asuntos sin importancia el capricho puede ser aceptable, pero cuando se trata de cosas más serias dejarme llevar por él, sin reflexionar si se trata de un capricho conveniente o inconveniente, puede resultar muy poco aconsejable, hasta peligroso: el capricho de cruzar siempre los semáforos en rojo a lo mejor resulta una o dos veces divertido pero, ¿llegaré a viejo si me empeño en hacerlo día tras día?

(Savater, F., Ética para Amador, ed. Ariel, pp. 54-57.)


De los ejemplos anteriores podríamos llegar a algunas conclusiones. Debemos pensar siempre antes de actuar. Esto es, debemos ser prudentes. Es más cómodo no pensar, pero no es más conveniente. La razón, la reflexión, pensar dos veces las cosas, es una buena forma de ejercer mi libertad.


2. LO QUE NO ME CONVIENE

Hasta ahora hemos tratado de saber qué es lo que más nos conviene, y aunque no lo sabemos de un modo definitivo, sabemos que es necesario pensarlo con tranquilidad. Pensar es un buen camino para saber lo que nos conviene. En cada momento es aconsejable pensar dos veces antes de hacer algo. Pero a veces todos sentimos la necesidad de reflexionar mucho más profundamente qué es lo que queremos hacer con nuestras vidas. Qué es lo que nos conviene por encima de todo. Evidentemente este es un problema que cada uno debe solucionar, para ello contamos con la razón, pero adelanto que es un problema de verdad difícil. Una forma de saber qué es lo que de verdad me conviene por encima de todo es lanzar hipótesis, suponer que me conviene esto o lo otro y tratar de ver, imaginar, cómo me iría la vida, si bien o si mal. Si el experimento mental es positivo habremos cesado la búsqueda, si no lo es tendremos que seguir buscando.


2.1 DINERO Y PODER.


TEXTO : “Ciudadano Kane”

Existe una hermosa película dirigida e interpretada por Orson Welles: ciudadano Kane. Te la recuerdo brevemente, Kane es un multimillonario que con pocos escrúpulos ha reunido en su palacio de Xanadú una enorme colección de todas las cosas hermosas y caras del mundo. Tiene de todo, sin duda, y a todos los que le rodean les utiliza para sus fines, como simples instrumentos de su ambición. Al final de su vida, pasea solo por los salones de su mansión, llenos de espejos que le devuelven mil veces su propia imagen de solitario: sólo su imagen le hace compañía. Al fin muere, murmurando una palabra: “Rosebud!” Un periodista intenta adivinar el significado de este último gemido, pero no lo logra. En realidad, “Rosebud” es el nombre escrito en un trineo con el que Kane jugaba cuando niño, en la época en que aún vivía rodeado de afecto y devolviendo afecto a quienes le rodeaban. Todas sus riquezas y todo el poder acumulado sobre los otros no había podido comprarle nada mejor que aquel recuerdo infantil. Ese trineo, símbolo de dulces relaciones humanas, era en verdad lo que Kane quería, La buena vida que había sacrificado para conseguir millones de cosas que en realidad no le servían para nada. Y sin embargo la mayoría le envidiaba...

(Savater, F., Ética para Amador, ed. Ariel, pp. 78-80.)

La ambición por el dinero le lleva a Kane a una vida muy triste nada envidiable como consecuencia. Evidentemente el dinero no le da la felicidad. No se trata de despreciar el dinero, pero ser conscientes de que si hacemos del dinero el principal motivo de acción en nuestra vida, la felicidad no está garantizada. Séneca, un filósofo latino, nacido en Córdoba, decía algo que tiene mucho que ver con esto: Si rechazas el dinero (por ejemplo si te tocan las quinielas o heredas una gran fortuna) eres estúpido, pero si el único motivo de tu acción es el dinero, eres igualmente estúpido.

TEXTO :“Calígula”

Calígula, un emperador romano un poco extravagante (nombró senadores a un caballo), persiguió el poder durante toda su vida. Llegó a realizar muchas injusticias: crímenes y engaños diversos para conseguirlo. Cuando era emperador sospechaba que todos los que le rodeaban eran sus enemigos y siempre desconfiaba de ellos. Calígula tenía siempre miedo, y esto le obligaba a cometer más crímenes e injusticias. Calígula finalmente fue asesinado. Evidentemente no hizo un buen negocio con su vida: miedo y muerte violenta y prematura fue lo único que consiguió.

(Palomar, J.,)


TEXTO : “Ricardo lll”

Para llegar a convertirse en rey, el conde de Gloucester (que finalmente será coronado como Ricardo lll) elimina a todos los parientes varones que se interponen entre el trono y él, incluyendo hasta niños. Glouscester ha nacido muy listo, pero contrahecho, lo que ha sido un constante sufrimiento para su amor propio; supone que el poder real compensará en cierto modo su joroba y su pierna renga, logrando así inspirar el respeto que no consigue por medio de su aspecto físico. En el fondo, Gloucester quiere ser amado, se siente aislado por su malformación y cree que el afecto puede imponerse a los demás... ¡a la fuerza, por medio del poder! Fracasa, claro está: consigue el trono, pero no inspira a nadie cariño sino horror y después odio. Y lo peor de todo es que él mismo, que había cometido todos sus crímenes por amor propio desesperado, siente ahora horror y odio por sí mismo: ¡no sólo no ha ganado ningún nuevo amigo sino que ha perdido el único amor que creía seguro! Es entonces cuando pronuncia el espantoso y profético diagnóstico de su caso clínico: “Me lanzaré con negra desesperación contra mi alma y acabaré convertido en enemigo de mí mismo”

“¡Oh, cobarde conciencia, cómo me afliges!... ¡La luz despide resplandores azulencos!... ¡Es la hora de la medianoche mortal!... ¡Un sudor frío empapa mis temblorosas carnes!... ¡Cómo! ¿Tengo miedo de mí mismo?... Aquí no hay nadie... Ricardo ama a Ricardo... Eso es; yo soy yo... ¿Hay aquí algún asesino?... No... ¡Sí!...¡Yo! ¡Huyamos, pues!... ¡Cómo! ¿De mí mismo?... ¡Valiente razón!... ¿Por qué?... ¿Del miedo a la venganza? ¡Cómo! ¿De mí mismo contra mí mismo? ¡Ay! ¡Yo me amo! ¿Por qué causa? ¿Por el escaso bien que me he hecho a mí mismo? ¡Oh, no! ¡Ay de mí!... ¡Más bien debería odiarme por las infames acciones que he cometido! ¡Soy un miserable! Pero miento: eso no es verdad... ¡Loco, habla bien de ti! ¡Loco, no te adules! ¡Mi conciencia tiene millares de lenguas, y cada lengua repite su historia particular, y cada historia me condena como un miserable! ¡El perjurio, el perjurio en el más alto grado! ¡El asesinato, el horrendo asesinato hasta el más feroz extremo! Todos los crímenes diversos, todos cometidos bajo todas las formas, acuden a acusarme, gritando todos: ¡Culpable! ¡Culpable!... ¡Me desesperaré! ¡No hay criatura humana que me ame! ¡Y si muero, ningún alma tendrá piedad de mí!... ¿Y por qué había de tenerla? ¡Si yo mismo no he tenido piedad de mí!”

(William Shakespeare, La tragedia de Ricardo lll)

¿Por qué termina Gloucester vuelto un “enemigo de sí mismo”? ¿Acaso no ha conseguido lo que quería, el trono? Sí, pero al precio de estropear su verdadera posibilidad de ser amado y respetado por el resto de sus compañeros. Un trono no concede automáticamente ni amor ni respeto verdadero: sólo garantiza adulación, temor y servilismo. Sobre todo cuando se consigue por medio de fechorías, como en el caso de Ricardo lll. En vez de compensar de algún modo su deformación física, Goucester se deforma también por dentro. Ni de su joroba ni de su cojera tenía la culpa, por lo que no había razón para avergonzarse. Por fuera los demás le veían contrahecho, pero él por dentro podía haberse sabido inteligente, generoso y digno de afecto; si se hubiera amado de verdad a sí mismo, debería haber intentado exteriorizar por medio de su conducta ese interior limpio y recto, su verdadero yo. Por el contrario, sus crímenes le convierten ante sus propios ojos (cuando se mira a sí mismo por dentro, allí donde nadie más que él es testigo) en un monstruo más repugnante que cualquier contrahecho físico. ¿Por qué? Porque de sus jorobas y cojeras morales es él mismo responsable, a diferencia de las otras que eran azares de la naturaleza. La corona manchada de traición y de sangre no le hace amable, ni mucho menos: ahora se sabe menos digno de amor que nunca y ni él mismo se quiere ya. ¿Llamaremos “egoísta” a alguien que se hace tanta pupa a sí mismo?

(Savater, F., Ética para Amador, ed. Ariel, pp.108-110, 118,119)


2.2 LA APETENCIA.


TEXTO : “Esaú

No sé si has leído mucho la Biblia. Está llena de cosas interesantes y no hace falta ser muy religioso para apreciarlas. En el primero de sus libros, el Génesis, se cuenta la historia de Esaú y Jacob, hijos de Isaac. Eran hermanos gemelos, pero Esaú había salido primero del vientre de su madre, lo que le concedía el derecho de primogenitura: ser primero en aquellos tiempos no era cosa sin importancia, porque significaba estar destinado a heredar todas las posesiones y privilegios del padre. A Esaú le gustaba ir de caza y correr aventuras, mientras que Jacob prefería quedarse en casita, preparando de vez en cuando algunas delicias culinarias. Cierto día volvió Esaú del campo cansado y hambriento. Jacob había preparado un suculento potaje de lentejas y a su hermano, nada más llegarle el olorcillo del guiso, se le hizo la boca agua. Le entrarían muchas ganas de comerlo y pidió a Jacob que le invitara. El hermano cocinero le dijo que con mucho gusto pero no gratis sino a cambio del derecho de primogenitura. Esaú pensó: “ Ahora lo que me apetecen son las lentejas. Lo de heredar a mi padre será dentro de mucho tiempo. ¡Quién sabe, a lo mejor me muero yo antes que él” Y accedió a cambiar sus futuros derechos de primogénito por las sabrosas lentejas del presente. ¡Debían oler estupendamente esas lentejas! Ni que decir tiene que más tarde, ya repleta la panza, se arrepintió del mal negocio que había hecho.

Pues ahí tienes: Esaú quería potaje, se empeñó en conseguirlo y al final se quedó sin herencia. ¡Menudo éxito! Sí, claro, pero... ¿eran esas lentejas lo que Esaú quería de veras o simplemente lo que le apetecía en aquel momento? Después de todo, ser primogénito era entonces una cosa muy rentable y en cambio las lentejas ya se sabe: si quieres las tomas y si no las dejas... Es lógico pensar que lo que Esaú quería en el fondo era la primogenitura, un derecho destinado a mejorarle mucho la vida en un plazo más o menos próximo. Por supuesto. También le apetecía comer potaje, pero si se hubiera molestado en pensar un poco se habría dado cuenta de que este segundo deseo podía esperar un rato con tal de no estropear sus posibilidades de conseguir lo fundamental. A veces los hombres queremos cosas contradictorias que entran en conflicto unas con otras. Es importante ser capaz de establecer prioridades y de imponer una cierta jerarquía entre lo que de pronto me apetece y lo que en el fondo, a la larga, quiero. Y si no, que se lo pregunten a Esaú...

(Savater, F., Ética para Amador, ed. Ariel, pp. 72-75, 80,81)


Preguntas sobre el tema 3:Ética y prudencia


1/¿Qué es un motivo?

2/Cuando actúo “a tontas y a locas”, sin pensar demasiado, me rijo por tres tipos de motivos. ¿Cuáles son?

3/El ciudadano Kane llegó a ser muy rico y sin embargo no fue feliz. Al morir dijo una última palabra: Rosebud. ¿A qué se refería y que simbolizaba esta palabra?

4/¿Qué decía Séneca en relación con el dinero?

5/El conde Gloucester logró ser coronado rey y se hizo llamar Ricardo lll. Consiguió mucho poder sobre los otros hombres.

a)¿Cómo consiguió ser rey?

b)¿Según el texto y la película por qué no fue feliz?

6/ La Biblia cuenta la historia de Esaú y Jacob.

a)¿Quién era el hermano mayor?

b)¿Era mejor ser el mayor o el pequeño? ¿Por qué?

c)¿Qué hizo Esaú?

d)¿Hizo lo que quería o lo que deseaba? Razónalo.


lunes, 12 de octubre de 2020

ÉTICA. TEMA 2. ÉTICA, LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

1.¿ES UNA VENTAJA QUE NUESTRAS ACCIONES SEAN ÉTICAS?

A veces la condición de ser libres y responsables es vivida por nosotros de un modo negativo, como algo desagradable. En esos casos nos gustaría no haber sido libres. ¿Cuándo tenemos tales pensamientos? ¿Por qué? Cuando las consecuencias de mi libre acción son repulsivas, porque en el fondo no queríamos que se produjesen tales cosas. Porque surge un voz interior que nos acusa. Es la voz de la conciencia que nos dice: eres culpable. Este dolor psíquico o remordimiento no lo tienen las hormigas, porque no tienen tampoco conciencia ni libertad. Las razones por la cuales hacemos cosas que no queremos hacer en el fondo y que nos producen este dolor psíquico son varias, pero fundamentalmente son el miedo, la ambición y la obediencia ciega a una autoridad.

A veces tenemos miedo a morir o a perder una situación vital que consideramos privilegiada. Otras veces, aunque nuestra situación sea mala, tenemos miedo de llegar a estar en otra aún peor.


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El miedo nos cegó” (1ª parte)

Hans y Karl Müler eran dos gemelos que nacieron en un pueblo cercano a Berlín (Alemania), en el año 1921. Hans y Karl tenían muchas cosas en común aparte de su aspecto físico. Poseían un temperamento muy similar y recibieron la misma educación.

En 1940, cuando los dos hermanos alcanzaron la mayoría de edad, decidieron servir como voluntarios en el ejercito alemán. Los discursos apasionados de un tal A. Hitler, fueron en gran parte, responsables de su mutua decisión. Con su ayuda, pensaban convencidos, Alemania podría ser de nuevo una gran nación.

Hans y Karl no dudaban de que sus actos eran fruto de su patriotismo y amor a Alemania; ellos no deseaban la guerra, pero la verdad era que según iba pasando el tiempo, ésta parecía inevitable. Hans y Karl estaban, como la mayoría de los soldados de cualquier país, dispuestos a cumplir con su deber. Esto les llenaba de orgullo.

Durante los primeros meses de guerra, Hans y Karl observaban que muchos de sus vecinos desaparecían misteriosamente. Otros, la mayoría comerciantes, empobrecían súbitamente y eran tratados por todos con desprecio. Las explicaciones oficiales decían, cuando se dignaban a hablar, que tales personas iban en contra de los intereses de la nación y por lo tanto el castigo era merecido. Hans y Karl observaron que, casualmente, todas estas personas eran, o bien judías, o extranjeras, o que, simplemente, exponían abiertamente sus ideas. Entre ellas se encontraba el panadero que solía regalar caramelos a Hans y Karl cuando éstos eran pequeños y del que los hermano, no volvieron nunca a saber. A pesar de todo, Hans y Karl fueron soldados valientes en la batalla. Les ascendieron rápidamente y en ese momento fueron trasladados de destino. Les enviaron a un campo de concentración donde debían custodiar prisioneros.

A Hans y Karl la nueva situación les gustaba menos que la batalla, pero por deber a su patria desempeñaron su cargo, al principio, con el mismo gusto. La función que realizaban Hans y Karl era muy concreta: un grupo de hombres, mujeres y niños desnutridos y harapientos, aparecían por una puerta. Ellos los conducían, a lo largo de un pasillo, a otra puerta por donde, inmediatamente después, desaparecían. Según las explicaciones oficiales, estos prisioneros eran encerrados allí para ser desinfectados. Sin embargo Hans y Karl a veces oían gritos del otro lado de la puerta y no volvían a ver a ninguno de los grupos, pues siempre aparecía un camión que enseguida se los llevaba a todos en absoluto silencio. Hans y Karl intuían que después, detrás de la puerta, ocurría algo horrible. Al cabo de dos meses Hans y Karl dejaron de estar orgullosos de ser soldados alemanes. Sus acciones, regidas antaño por el sano deber, pasaron a ser motivadas por el miedo de ver algo horrible que hubiese sembrado la intranquilidad en sus conciencias. En muchas ocasiones quisieron desobedecer órdenes, pero temieron por su vida. La deserción era otra posibilidad, pero de nuevo temieron que la vida fuese entonces, demasiado dura; un fugitivo no puede disfrutar de su familia, comer todos los días o dormir cómodamente.

Cuando acabó la guerra, Hans y Karl supieron sin ninguna duda, el horror que habían provocado sus acciones. Hans y Karl sintieron un dolor íntimo: se sentían culpables.

La obediencia ciega y la ambición en muchas ocasiones nos ciega de la misma forma que el miedo. ¿Cuántas injusticias seriamos capaces de realizar si alguna autoridad nos lo manda o si nos prometen ver cumplido alguno de nuestros deseos?

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“La obediencia ciega nos cegó”

En 1963 el famoso psicólogo Stanley Milgram llevó a cabo un experimento en la Universidad de Yale de EE.UU. Una serie de individuos debían administrar una descarga eléctrica a otro individuo atado a una silla cuando éste respondía inadecuadamente a unas preguntas. Un profesor universitario informaba a los futuros verdugos de que se trataba de un experimento sobre la memoria y el aprendizaje. En cada caso el individuo atado afirmaba que le habían detectado un leve problema cardíaco en presencia de quien debería suministrar las descargas. El profesor le respondía que, aunque los golpes eléctricos podrían ser dolorosos, no le causarían ningún daño grave. Enseguida, el profesor se iba con el preguntador a una habitación contigua. Ambas salas estaban conectadas por micrófonos y altavoces, de modo que las respuestas pudieran ser oídas. En la sala del preguntador había un aparato graduado con 30 posiciones, que iban desde los 15 hasta los 450 voltios. Y se le explicaba al preguntador que su trabajo era suministrar la descarga cada vez que el otro individuo diese una respuesta equivocada. Empezaría en el nivel más bajo (15 voltios) e iría incrementando su nivel en 15 voltios cada vez. Un golpe de 45 voltios se siente de manera moderada; sobre 100, ya es un golpe fuerte; sobre 195, es un golpe muy fuerte; sobre 255, un golpe intenso; sobre 315, de extrema intensidad; sobre 375, el shock es severamente peligroso. Más de este voltaje es casi muerte segura.

En la investigación participaron 40 hombres, de edades entre 20 y 50 años, representando una muestra común de la población, personas normales y corrientes ¿Qué ocurrió? Cerca de dos tercios de ellos (24 de 40) administraron el máximo de 450 voltios, y el promedio del nivel máximo que administraron todos fue de 368 voltios. Demasiado alto. El que suministraba el castigo, en cada ocasión, podía oír los quejidos y las súplicas de la persona que recibía las descargas, que eran especialmente dramáticas. La mayoría expresó verbalmente que se negaba a continuar en una o más ocasiones. Pero continuaron cuando el profesor les ordenó hacerlo, quien les aseguró que lo que sucediera sería de responsabilidad exclusiva de la Universidad.

Lo que hasta entonces no sabían estos voluntarios era que estaban en una situación cuidadosamente montada. El que recibía las descargas era en realidad un actor y no recibía ciertamente ningún shock eléctrico. Las respuestas y quejidos que daba a través del micrófono estaban grabadas, para que fueran exactamente las mismas para todos los preguntadores.

Prácticamente todas las personas que aplicaron los máximos niveles de shock mostraron extremo malestar, ansiedad y desaliento. Se sentían culpables. El profesor Milgram se escandalizó del alto porcentaje de individuos normales que llegaron a hacer cosas que en el fondo no querían hacer. Sólo por la confianza ciega en una autoridad. Si además de esta autoridad existiese la amenaza de recibir algún daño si no obedecían o ciertos premios al obedecer adecuadamente, ¿no es cierto que el número de individuos que se habrían mostrado crueles hubiese aumentado sobremanera?


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“Presión de grupo”

¿Diríamos o haríamos algo manifiestamente falso o incorrecto solamente por no incomodar al grupo al que pertenecemos?

Los experimentos de conformidad con el grupo de Asch fueron una serie de experimentos realizados en 1951 que demostraron significativamente el poder de la conformidad en los grupos.

Los experimentadores, conducidos por Solomon Asch pidieron a unos estudiantes que participaran en una “prueba de visión”. En realidad todos los participantes del experimento excepto uno eran cómplices del experimentador y el experimento consistía realmente en ver cómo el estudiante restante reaccionaba frente al comportamiento de los cómplices. El objetivo explícito de la investigación era estudiar las condiciones que inducen a los individuos a permanecer independientes o a someterse a las presiones de grupo cuando estas son contrarias a la realidad.

Los participantes -el sujeto verdadero y los cómplices- estaban todos sentados en la sala de una clase en donde se les pidió que dijeran cuál era a su juicio la longitud de varias líneas dibujadas en una serie de exposiciones: se les preguntaba si una línea era más larga que otra, cuáles tenían la misma longitud, etc. Los cómplices habían sido preparados para dar respuestas incorrectas en los tests y determinar si ello influía en las respuestas del otro estudiante.


El experimento se repitió con 123 distintos participantes. Se encontró que aunque en circunstancias normales los participantes daban una respuesta errónea solo el 1% de las veces, la presencia de la presión de grupo causaba que los participantes se dejaran llevar por la opción incorrecta el 36,8% de las veces.1​ Las respuestas mostraron una variabilidad importante según los individuos: solo un 5% de los sujetos se adaptó siempre a la opinión errónea de la mayoría. Un 25% de los sujetos siempre desafió a la opinión mayoritaria, dando la respuesta objetivamente correcta. El 75% de los participantes dio al menos una respuesta errónea a las 12 preguntas, adaptándose a la mayoría.

Aunque la mayoría de los sujetos contestaron acertadamente, muchos demostraron un malestar extremo y una proporción elevada de ellos (33%) se conformó con el punto de vista mayoritario de los otros cuando había al menos tres cómplices presentes, incluso aunque la mayoría dijera que dos líneas con varios centímetros de longitud de diferencia eran iguales. Cuando los cómplices no emitían un juicio unánime (es decir, cuando uno de los cómplices daba la respuesta correcta) era más probable que el sujeto disintiera que cuando estaban todos de acuerdo. Los sujetos que no estaban expuestos a la opinión de la mayoría no tenían ningún problema en dar la respuesta correcta.


 



 


La obediencia ciega, la presión de grupo, el miedo y la ambición son, a menudo, motivos que nos hacen realizar cosas que en el fondo no queremos, y de las que luego nos sentimos culpables.

Ya hemos visto que la libertad puede provocarnos a veces cierto dolor como la culpa o el remordimiento, pero también puede provocarnos algunos placeres. En muchas ocasiones la libertad es vivida por nosotros como buena y positiva. Cuando hemos aprobado todas las asignaturas al finalizar el curso solemos recordarnos a nosotros mismos que somos libres, y lo hemos conseguido gracias a nuestra voluntad y capacidad. Este hecho nos suele producir cierta alegría y una intima satisfacción. La vida entonces nos parece más buena e interesante. Nuestra acción es merecedora de elogio y reconocimiento externo. Si así se produce, la satisfacción íntima se incrementa pues siempre es agradable que los demás reconozcan nuestros méritos. Este tipo de satisfacciones nunca las podrán tener las hormigas. Es evidente entonces que nuestra conciencia nos premia con la alegría y la satisfacción personal aunque no exista el premio externo.


2.¿QUÉ PODEMOS HACER CUANDO NOS SENTIMOS CULPABLES?

Todos nos hemos sentido culpables alguna vez. A veces por pequeñas cosas. Por una pequeña mentirijilla a nuestro hermano gracias a la cual hemos conseguido una ventaja, aunque nuestro hermano haya salido un poco perjudicado, por ejemplo. Sentirse culpable es muy molesto. ¿Qué podemos hacer? Veamos que es lo que hicieron Hans y Karl.


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El miedo nos cegó” (2ª parte)

Hans se sintió absolutamente responsable de la muerte de miles de judíos. Consideró que, en el fondo, sabía lo que había estado ocurriendo; que podría haber hecho algo y no quedarse con los brazos cruzados.

Su situación no era fácil. Las circunstancias le influían, le invitaban a realizar ciertas conductas y no otras, pero Hans consideraba que no le determinaban, que no le obligaban a actuar como lo hizo. Podría haber desobedecido las órdenes, o podría haber desertado. Es cierto que si hubiera desobedecido las órdenes o si hubiese desertado, su propia vida habría peligrado. “Pero, ¿no merecía la situación correr ese riesgo? ¿Es mi vida más valiosa que la de tantas personas inocentes?”, se decía Hans. ” Yo y otros muchos como yo, ¿no somos responsables verdaderamente de miles de crímenes?”. Hans se suicidó a los dos meses de acabar la guerra.

Karl consideró fríamente el problema. Pensó que él no era responsable en ningún caso de aquellas matanzas. Desconocía las consecuencias fatales de sus acciones y por otro lado, se había limitado a cumplir órdenes que no podía desobedecer. Él no deseaba la muerte de aquellas personas. Karl consideró que su conducta estaba determinada por las circunstancias, que no era libre ni responsable. Por eso, siguió viviendo “alegremente” con su familia. Aunque a veces despertaba sobresaltado en la noche por causas de una pesadilla en que aparecían multitud de judíos gritando de dolor


Hans se considera absolutamente responsable y libre y se aplica un castigo igualmente absoluto como es la muerte. Karl se considera absolutamente irresponsable y no libre y se absuelve de toda culpa.

Ni la solución de Hans ni la de Karl nos parecen recomendables.

Hans no es absolutamente libre. Hemos dicho ya que la libertad humana es relativa y limitada. Así pues no es absolutamente responsable ni es absolutamente culpable, ni merece entonces un castigo absoluto como la muerte.

Karl no puede dejar de ser libre, aunque le pese. Ya hemos aclarado que la libertad, aunque sea relativa, es una condición a la que es imposible renunciar. Como Karl es libre en algún grado es también en algún grado responsable de su acción. Y desde luego no es absolutamente inocente. La actitud de Karl responde a lo que Freud llamó racionalización, un mecanismo de defensa del yo que pretende una justificación aparentemente racional de una acción motivada desde la irracionalidad. El miedo, por ejemplo. A veces así calmamos nuestro sentido de culpa, aunque recuerda que no del todo. Karl tiene pesadillas por la noche.

¿Cuál es entonces la solución? Tal vez no hay una solución clara y cada uno de nosotros debe buscar la suya. Pero, desde luego, la solución pasa por ser conscientes de nuestra libertad y ser conscientes también de la relatividad y de la limitación de ésta.

Hans y Karl deberían asumir sus responsabilidades. Tal vez no son responsables absolutos de la muerte de los judíos, pero si son responsables de tener miedo a perder un cierto nivel de vida o la propia vida, de tener miedo a conocer de forma explícita cosas que les desagradan. Todos estos miedos son muy humanos, y tal vez ninguno de nosotros podríamos asegurar que no haríamos lo mismo que Hans y Karl en similares circunstancias, y sin embargo esto sigue sin justificar sus acciones. En cada situación es tarea de cada uno de nosotros asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde.

La conciencia de todos los hombres suelen funcionar de forma similar, y el remordimiento surge en todos en parecidas circunstancias. Claro que hay hombres que no tienen conciencia. Seguramente has visto la película El silencio de los corderos, el protagonista es Aníbal el caníbal, un cruel criminal, y no tiene ningún remordimiento por sus múltiples asesinatos. Los psiquiatras denominan a este tipo de individuos psicópatas desalmados, es decir, personas que padecen un trastorno mental, (psicopatía significa en griego patología o trastorno de la psique o mente) que consiste en ser des-almados, que no tienen alma o conciencia. Como son un peligro para los demás, los psicópatas desalmados suelen estar encerrados en sanatorios psiquiátricos o en cárceles, según el grado de su trastorno. Otros hombres tienen, tal vez, excesiva conciencia como Hans, o Edipo en la mitología griega:

 

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La historia de Edipo

Layo y Yocasta, reyes de Tebas, tuvieron un hijo, que sería a la postre el heredero. Pero el Oráculo de Delfos, que era el lugar donde acudían los griegos para saber sobre el futuro, auguró a Layo que su hijo le daría muerte y desposaría a su mujer. Layo, queriendo evitar tal destino, ordenó a un súbdito que matara a su hijo, pero éste, que no tuvo valor para matarlo, lo abandonó en el monte Citerón, colgado de un árbol por los pies. Un pastor halló el bebé y lo entregó al rey Pólibo de Corinto. Mérope, la esposa de Pólibo y reina de Corinto, se encargó de la crianza del bebé, llamándolo Edipo, que significa "de pies hinchados".

Al llegar a la adolescencia, Edipo, por habladurías de sus compañeros de juegos, sospechó que no era hijo natural de sus pretendidos padres. Para salir de dudas visitó el Oráculo de Delfos, que le auguró que mataría a su padre y luego se casaría con su madre. Edipo, creyendo que sus padres eran quienes lo habían criado, decidió no regresar nunca a Corinto para huir de su destino. En su viaje, en el camino hacia Tebas, Edipo encuentra a Layo y lo mata en una contienda sin saber que era el rey de Tebas y su propio padre. Más tarde, en la entrada de Tebas, Edipo encuentra a la esfinge, un monstruo con cuerpo de león alado, con cabeza de mujer y cola de serpiente. La esfinge preguntaba a todo el que veía el acertijo más famoso de la historia: ¿Qué criatura tiene cuatro patas por la mañana, dos por la tarde y tres por la noche? Quien no era capaz de resolver el problema era estrangulado por ella. El pueblo de Tebas estaba aterrorizado. Pero Edipo solucionó el enigma: El Hombre, pues de bebé anda sobre sus cuatro extremidades, después, cuando es adulto, camina sobre sus dos pies y finalmente, en su vejez, ayudado con un bastón. Al oír la solución la Esfinge, furiosa, se suicidó arrojándose desde una roca a gran altura, salvándose así Tebas del terror que infundían sus enigmas y crueldades. Como reconocimiento de su hazaña, Edipo es nombrado rey y se casa con la viuda de Layo, Yocasta, que era su verdadera madre, aunque él no lo sabía .Llegó a tener con ella cuatro hijos.

Transcurrido algún tiempo, por boca del profeta Tiresias, Edipo descubre que Layo era su verdadero padre y Yocasta su madre. Al saber Yocasta que Edipo era en realidad su hijo, se da muerte, colgándose en el palacio. Edipo, apenado por la muerte de su esposa, al saber que cometió parricidio e incesto, se arranca los ojos con los broches del vestido de Yocasta y abandona el trono de Tebas, escapando al exilio.


3. LA CONCIENCIA

Hemos hablado mucho de la conciencia. Este especie de juez íntimo que nos premia o nos castiga y que examina continuamente nuestras acciones, pero ¿qué es?

Desde una postura tradicional y religiosa siempre se ha considerado que la conciencia, en algún sentido, es el mismo Dios que forma parte de nosotros y que todo lo ve. Un juez neutro y equitativo. Incluso algunos filósofos han querido ver en el hecho de que el hombre tenga conciencia moral una prueba explícita de que Dios existe. Si Dios no existe todo está permitido, decía el escritor ruso Dostoyeski, pero el filósofo alemán del siglo XVlll Enmanuel Kant, aunque era anterior al escritor ruso, parece dar la vuelta a este argumento. Decía Kant que precisamente porque íntimamente siento que no todo me está permitido, precisamente porque hay en mi interior una conciencia que me dice lo que es correcto o incorrecto y me puede premiar, y castigar a mi pesar, debe existir Dios. ¿Cómo se explica sino que a veces sea capaz de actuar perjudicándome incluso a mí mismo por un mandato misterioso que viene de mi interior? ¿Cómo se explica que sienta la obligación intima de compartir un bocadillo, aunque tenga mucho hambre y desease comérmelo todo, si a mi lado encuentro un niño hambriento? ¿No es esto demasiado misterioso? Un animal nunca actuaría de esta forma. Si un león tiene hambre y otro león cerca de él está enfermo y hace dos semanas que no come nada, el primer león no compartiría desde luego ningún bocadillo ni sentirá ninguna obligación interna que le lleve a ello. Tampoco tendría luego una conciencia que le recriminaría su acción.

La explicación religiosa no es la única teoría sobre la conciencia. En el siglo XX Freud nos da otra que tiende a eliminar todo misterio. Dice Freud que nacemos sin conciencia ni lenguaje, como los animales. Durante los primeros años de vida, fundamentalmente los seis primeros, vamos adquiriendo lenguaje y conciencia, y nos vamos haciendo humanos. El padre, cuando somos muy pequeños, nos prohíbe ciertas cosas y nos permite otras. Si hacemos lo que él quiere nos premia con halagos y caricias, y si no es así nos pone mala cara e incluso, a veces, nos da un azote. El niño, al principio nunca se siente culpable, sólo busca la caricia paterna y huye del posible castigo, pero poco a poco la figura de su padre, que viene a ser como un juez, se mete en su cabeza y se queda allí para siempre. En adelante esta figura paterna interiorizada, que Freud llama superyo, y que no es otra cosa que la conciencia moral, será la que nos premiará con la satisfacción íntima al hacer algo bueno o con la culpa si realizamos algo malo. La conciencia depende entonces de nuestra educación, y sobre todo del tipo de persona que haya sido nuestro padre y del tipo de relación que hayamos tenido con él. Como ves, para Freud Dios no tiene nada que ver con todo esto.

Cuestiones relativas al tema 2: LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD


1)¿Si Karl para reforzar su postura dijese que no es libre porque está determinado-programado por su carga genética o por su educación; qué le dirías?

2) Hans y Karl hacen algo que en el fondo saben que no deben hacer ¿qué motivo les lleva a hacerlo?

3)Atendiendo al texto sobre el experimento de Milgram, ¿qué motivo lleva a los verdugos a realizar algo que en el fondo saben que no deben hacer?

4)En clase hemos comentado el mito de Edipo. ¿Recuerdas lo que era un oráculo?¿Qué es un parricidio? ¿Qué es un incesto? 

5/ ¿Te parece Edipo culpable?¿Merece un castigo? ¿Por qué?

6/ ¿Según Freud, cómo se origina la conciencia moral?


TEMA 3: CONOCIMIENTO Y REALIDAD EN PLATÓN

   1.EL PROBLEMA DE LA REALIDAD   Como ya sabemos la gran pregunta metafísica que todos los grandes filósofos se hacen es acerca de la reali...